Experiencias con la terapia Gestalt

Por Pilar González

El ser humano tiene tres aspectos: material, emocional y mental, no son cosas distintas, el ser único que somos se manifiesta de estas tres formas, del mismo modo que el agua puede encontrarse en estado sólido, liquido o gaseoso, y en cualquiera de ellos sigue siendo agua. Lo que ocurre en nuestro aspecto material es una expresión de lo que está ocurriendo en nosotros, en la globalidad que somos. Cada bloqueo corporal conlleva un bloqueo en los otros aspectos, emocional y mental, y viceversa. La terapia gestalt tiene en cuenta la totalidad que somos.

La salud desde la perspectiva de la terapia gestalt tiene que ver con la capacidad de contacto del ser humano, contacto consigo mismo para saber qué es importante y necesario para ella y contacto con el ambiente para poder realizar los intercambios indispensables para satisfacer sus necesidades.

Existe una autorregulación del organismo que tiende a recuperar el equilibrio perdido, la salud pues es algo innato, lo adquirido es la enfermedad, la cual aparece precisamente cuando se produce una interferencia, o como diría Perls una interrupción, y por ello lo que pone de manifiesto es un mensaje vital para la persona y exige un cambio en la vida de la misma, alguna conducta no es adecuada, más bien al contrario nos perjudica y debe ser eliminada, alguna necesidad no está siendo satisfecha y reclama que se le preste atención.

Lo que quiero decir es que, en muchos casos, lo que llamamos enfermedad no es más que un cúmulo de señales o síntomas que tratan de advertirnos de lo que necesitamos.

Adriana Snacke (la terapeuta gestalt chilena llamada La Nana) comenta en uno de sus libros que muchas veces ha observado “cómo las ideas se meten en el cuerpo”, yo también lo he visto, como he visto de qué forma un dolor articular ha desaparecido, instantáneamente, cuando la persona ha contactado con su necesidad de llorar y ha permitido que el llanto fluya sin obstáculos. En este caso la persona se impedía la descarga emocional mediante el llanto, interrumpía por tanto la satisfacción de esa necesidad, e interfería en su proceso de autorregulación, por lo que el desequilibrio se mantenía dando lugar al dolor articular, el síntoma que nos señalaba que algo no iba bien. La idea de que llorar la colocaba en una situación de debilidad, de no valía, le hacía temer ser rechazada, no querida, por lo que se negaba a sí misma esta posibilidad.

Otra experiencia que quiero comentar es un caso en el que trabajando simplemente con prestar  atención al caminar la paciente pudo descubrir algo de lo que no era para nada consciente:

Comencé el trabajo pidiéndole a la persona que caminara como lo hacía siempre, luego le pedí que caminara con mayor lentitud, hasta que pudiera hacerlo a cámara lenta, y que fuese poniendo su atención en sus pie, en el contacto de éstos con el suelo, en la posible huella que dejaba, le pedí también que observara cómo repartía su peso, cómo era su equilibrio, sus movimientos, cómo estaban sus tobillos, etc. y que poco a poco fuera ampliando la atención a sus piernas, caderas, tronco, brazos, manos, cabeza, de modo que pudiera implicarse con todo su cuerpo y a la vez ir identificando aquellas zonas que llamaban su atención y las sensaciones que iba experimentando paralelamente, profundizando en qué ocurría en cada una de ellas. Una de las sensaciones con las que conectó de manera más clara fue la sensación de peso sobre su espalda, unida a un sentimiento de angustia y aplastamiento, al pedirle que se permitiera sentir este peso, e incluso si le era posible que lo intensificara y lo ampliara tomó conciencia de la gran carga que soportaba, y cómo ésta la oprimía, le minaba sus fuerzas. La dejé un buen rato sintiendo esta carga, para que pudiera tomar conciencia plena de ella y hacerse responsable de su peso, y más tarde le pedí que la identificara, que la visualizara, que se abriera a las imágenes que vinieran, y le pusiera nombre y aclarase si se trataba de algo o de alguien, al cabo de unos segundos le vino la imagen de un muerto, cuando le dije que mirase su cara vio que era su marido (del que llevaba quince años separada) De pronto se hizo la luz, y esta toma de consciencia marcó un antes y un después en su proceso de desarrollo.

Saber que ella en algún momento tomó la decisión (aunque fuese de forma inconsciente) de seguir cargando con una relación ya muerta es lo que le ha permitido darse cuenta que también tiene poder para decidir soltarla, y esta vez ha sido una decisión totalmente consciente, vivenciar la angustia que le ha provocado llevar esta carga ha sido fundamental para elegir vivir con mayor ligereza.

Seguimos trabajando esta cuestión en otras sesiones, en las que también fueron saliendo las motivaciones que la habían mantenido aferrada a este muerto, y las resistencias con que se encontraba para liberarse totalmente, su miedo a la soledad y al vacío, evitar sentir el dolor del abandono…

Pero los cimientos para poder trabajar todo esto sin duda se establecieron con ese simple ejercicio de exploración del caminar.

Con estos ejemplos quiero dejar constancia de la efectividad de esta terapia para producir cambios importantes en nuestras vidas, tanto para resolver dificultades emocionales como para lograr un mayor autoconocimiento personal y por supuesto para mejorar nuestra salud e incrementar nuestro bienestar.

Pilar González

Artículo publicado por Pilar González el 12 Octubre 2009. Última modificación el 13 Julio 2013. Valoraciones: 4.2 de 5 en 5 votos.