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No es un secreto, no, a estas alturas de la película (de la vida) lo que me propongo explicar estoy seguro no sorprenderá a nadie. Todo lo más servirá para confirmar algunas sospechas. Desde hace algunos años, tantos como los que llevo escribiendo, digo continuamente: “mi vida cambió de tal manera que ya no soy ni la sombra de lo que fui”. Entre otras cosas porque cambié la forma de mirar y entender la vida…
Al margen del trabajo que realizo en el campo de la ayuda social, aunque en realidad no es más que una continuación de mi práctica diaria como entrenador personal, suelo dedicar muchas horas al día para intentar transmitir todo aquello que a mí me sirvió para cambiar de vida y para disfrutar plenamente con todo lo que hago. Intensamente, añadiría. Es cierto, cuando cambiamos nuestro pensamiento, creamos una realidad totalmente distinta. Aunque a veces puede parecer cosa de magia o ilusión no lo es en absoluto, es realidad pura y dura. No hay más que ver, pensar en positivo, para darnos cuenta que el día se va transformando y presentando de manera muy diferente. Todo parece rodar en perfecta sintonía con el entorno. Sí, hay cientos de libros que tratan estos temas, y no sólo libros, incluso también otras tradiciones filosóficas o místicas hablan de la relación existente entre lo que das y lo que recibes. Y naturalmente en función de cómo lo das o lo proyectas así lo recibes o lo recoges. Quien siembra vientos, recoge tempestades… He puesto un ejemplo catastrofista muy a propósito. Tendemos a inclinarnos más hacia lo negativo que hacia lo positivo.
Tampoco es un nuevo descubrimiento decir que nuestro estado de ánimo influye notablemente sobre el sistema inmunológico y, en consecuencia, sobre nuestra salud… Como igualmente sabemos, que es desde hace relativo poco tiempo cuando se ha empezado a hablar de las somatizaciones… De cómo influyen nuestros estados emocionales en nuestro organismo. Cuántos de nosotros no habremos sufrido alteraciones físicas como resultado de nuestra mala vida. El trabajo, el estrés, la falta de sueño, las tensiones, las preocupaciones… todo eso va haciendo mella en nuestro cuerpo. Nos va marcando, nos debilita, nos erosiona… Algunos incluso, opinamos que en último extremo nos crea o nos llega a producir cáncer. Sí, la terrible enfermedad. Por experiencia sé que antes de llegar a ese límite, nuestro cuerpo nos va avisando. Lo que ocurre es que en este sentido estamos y somos totalmente sordos. No es que tengamos una disfunción auditiva, es que no entendamos en idioma. Y no lo entendemos no porque no lo conozcamos sino porque no escuchamos. Pero eso sí al mínimo malestar vamos corriendo al médico o a la farmacia a que nos despachen algo para aliviar el dolor. A ponernos una tirita… Si fuéramos plenamente conscientes que dentro de nosotros se encuentran las soluciones a gran parte de nuestros males, si supiéramos que con nosotros “viajan” los mejores especialistas médicos de todos los tiempos y, por supuesto, con toda la farmacología habida y por haber. Sinceramente creo que más de uno se lo pensaría muy mucho antes de ir a pedir hora o remedio para su dolencia… ¿Qué se necesita? Lo primero: buen humor. En segundo lugar: paciencia y tranquilidad y, como tercera medida, unos minutos de silencio e introspección para reestablecer el diálogo interno con nosotros mismos.
Si quieres aprender a “escucharte”, yo puedo ayudarte.
© Manel Marina
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