¿Sabes cuál es tu camino?

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Un faro en el mar

Hace cerca de dos años elegí dedicarme en cuerpo y alma al acompañamiento de personas. Hay quien me pregunte por este concepto, así que voy a explicarlo.

Acompañar a personas es ser una luz en el camino de aquellos que solo ven oscuridad, es guiar a otros por caminos que ya has transitado, es arrojar algo de paz en las vidas de quienes sufren y no encuentran una salida. Yo te acompaño significa: "conozco este camino", el primer paso es comprender que te ocurre, para que estás aquí y que recursos tienes para seguir adelante, incluso para transformar tu vida, si así lo decides.

Hay quien lo llama sanación, terapia o proceso. A mi parecer, es una forma de vida que elegimos aquellos que vinimos con el don de ser bálsamo para las heridas, apoyo y guía.

En mi caso tardé muchos años en ver con claridad cuál era mi para qué en esta vida. Cargada de miedos, incertidumbres, desconectada de mi más pura esencia, engañada por mi misma y con mi alma relegada al más doloroso olvido, perdí totalmente la orientación de mi existencia. Hacía cosas que me permitían vivir bien, y no solo bien, sino muy bien. Pero ese bienestar era solo material, aceptable a ojos de una sociedad que valora lo aparente sin echar una mirada, siquiera rápida, detrás del telón, en ese lugar oculto entre bambalinas donde nuestro niño interior llora, desamparado y desesperado por llamar nuestra atención, para que lo miremos y le acariciemos, rozando sus mejillas en un gesto dulce, haciéndole ver que estamos listos para atenderle y escucharle. Allí donde nuestra más pura esencia espera dormida el beso definitivo para ser despertada y poder así manifestarse.

Tuve que limpiar muchas capas de dolor, de sufrimiento e incertidumbre. Ver heridas harto tiempo olvidadas y no atendidas. Darme una vuelta por mi propio infierno para mirar a la cara a mis demonios, entendiendo que ellos... también eran parte de mí.

Tuve que volverme valiente para enfrentarme conmigo misma, con mi dolor y mis malas costumbres, para tomar decisiones que en ocasiones sólo yo entendía. Elegí el camino del conocimiento y la sabiduría para comprenderme y poder ser esa luz que ilumine con su ejemplo, con su propia vida e indicar el camino con mis pasos. Me elegí a mi por encima de todo y de todos, solo por amor.

Tomé decisiones dolorosamente necesarias para aliviar mi alma y aligerar mi carga. Me mostré vulnerable encontrando mi gran fortaleza. Desatornillé mi armadura con esfuerzo, dolor y lágrimas para poder sentir de nuevo el roce del aire en mi piel, el calor del sol, el tacto de una caricia.

Hay momentos de fortaleza en los que una suave aura alienta tu camino y te recuerda que vas en la dirección correcta, pero no hay camino de mérito sin pruebas, y es ahí, en los días complicados, noches en vela y meses a dos velas, donde más que nunca recuerdas para que elegiste lo que elegiste, para que tomaste las decisiones que te llevaron aquí. Ahí es donde tienes que ser fuerte y creer en ti más que nunca, porque como leí en algún lugar:

Ningún mar en calma hizo experto a un marinero.

Y yo recuerdo por qué y para qué elegí este camino.

Cada vez que veo un aliento de esperanza en la cara de una persona, cada signo de gratitud, cada sonrisa en un rostro desfigurado por el dolor, cada chispa de luz en unos ojos que estaban apagados, dan sentido a mi quehacer, a las elecciones que me han traído aquí, a mis propios procesos, por duros que hayan sido, porque entiendo que necesitaba conocer ese camino y pasar por él para poner luz en los corazones extraviados.

Esto es lo que hago, esto es lo que soy... esto es lo que elijo.


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Artículo publicado por Patricia Hernández García el 9 Noviembre 2018.