Perder masa muscular no es solo perder fuerza

Susagna Muns Camp
1 Ago 2026 lectura de 4 minutos
Perder masa muscular no es solo perder fuerza

Perder masa muscular no es solo perder fuerza: por qué proteger el músculo es clave durante el envejecimiento, la menopausia y el cáncer

Cuando una persona pierde peso, solemos pensar que es una buena noticia. Sin embargo, la báscula no nos dice qué estamos perdiendo realmente.

Porque perder kilos no siempre significa perder grasa.

En determinadas circunstancias, una parte importante del peso perdido puede proceder de la masa muscular. Y esto puede tener consecuencias mucho más importantes para la salud de lo que imaginamos.

El músculo no es únicamente el tejido que nos permite caminar, subir escaleras o levantar peso. Es un órgano metabólicamente activo que participa en el control de la glucosa, en la sensibilidad a la insulina, en el metabolismo energético y en nuestra capacidad funcional.

Por eso, mantener una buena masa muscular debería ser uno de los grandes objetivos de la prevención y de la nutrición personalizada.

Menopausia: cuando cuidar el músculo se vuelve todavía más importante

Durante la menopausia se producen cambios hormonales que pueden favorecer una redistribución de la grasa corporal y una progresiva pérdida de masa muscular. Si a esto añadimos una alimentación insuficiente en proteínas, dietas muy restrictivas o la ausencia de ejercicio de fuerza, el proceso puede acelerarse.

El problema es que muchas mujeres se centran exclusivamente en perder peso.

Sin embargo, adelgazar a cualquier precio puede ser contraproducente si parte de ese peso perdido corresponde a músculo.

En esta etapa, el objetivo debería ser mejorar la composición corporal: preservar o aumentar la masa muscular mientras se reduce, cuando sea necesario, el exceso de grasa.

En las personas mayores, perder músculo puede significar perder autonomía

Con el envejecimiento, la pérdida progresiva de masa y fuerza muscular puede dificultar actividades tan cotidianas como levantarse de una silla, subir escaleras o caminar.

Y aquí aparece un círculo que debemos intentar evitar: menos músculo significa menos fuerza; menos fuerza puede llevar a moverse menos; y moverse menos favorece una mayor pérdida muscular.

Por eso, la prevención debería comenzar antes de que aparezcan las limitaciones.

La combinación de una alimentación suficiente, un aporte adecuado de proteínas y ejercicio de fuerza adaptado a las capacidades de cada persona constituye una de las estrategias fundamentales para conservar la función muscular.

En oncología, proteger el músculo puede ser una prioridad

En los procesos oncológicos, la pérdida de peso y de masa muscular adquieren una relevancia especial.

El propio cáncer, la inflamación asociada a la enfermedad, la disminución del apetito y algunos tratamientos pueden favorecer la pérdida de masa muscular. Además, síntomas como las náuseas, alteraciones del gusto, diarrea, estreñimiento, mucositis o dificultad para comer pueden reducir todavía más la ingesta.

En este contexto, perder peso no debería interpretarse automáticamente como algo positivo.

Un paciente puede perder kilos y, al mismo tiempo, perder músculo. Esta situación puede comprometer su estado nutricional y funcional y dificultar su recuperación.

Por eso, durante un proceso oncológico, la intervención nutricional debe ir mucho más allá de "comer sano". Es necesario valorar de forma individualizada la ingesta energética y proteica, la evolución del peso, la composición corporal, la fuerza, la tolerancia al tratamiento y los síntomas que interfieren con la alimentación.

También pueden existir situaciones en las que determinados suplementos nutricionales o estrategias específicas sean útiles, pero siempre deben individualizarse, especialmente cuando existen tratamientos oncológicos activos.

La pregunta no es cuánto pesas

Cuando hablamos de salud, deberíamos dejar de mirar únicamente el número de la báscula.

La pregunta realmente importante es:

¿Cuánto músculo tienes y qué estás haciendo para conservarlo?

Porque el músculo que construimos y protegemos hoy puede ayudarnos a afrontar mejor el envejecimiento, mantener nuestra autonomía y responder mejor ante situaciones de enfermedad.

Y quizá esta sea una de las grandes asignaturas pendientes de la nutrición preventiva: entender que cuidar el músculo no es una cuestión estética.

Es una cuestión de salud, funcionalidad y calidad de vida.