El pensamiento es un complejo conjunto de conexiones neuronales que se activan y desactivan produciendo pequeñas descargas energéticas. Cuando estamos atorados en un pensamiento que nos bloquea y se convierte repetitivo, creándonos sensaciones de repetición o obsesión, neuronalmente también se produce esta repetición obsesiva de conexiones neuronales una y otra vez, cíclicamente.
Cuando pensamos en un concepto una y otra vez, “no soy capaz, no lo consigo, no sirvo para los idiomas”, se activa una y otra vez el mismo recorrido neuronal. Estos recorridos neuronales nos conectan con nuestras creencias - si os fijáis la misma palabra creencias, viene de crear - creamos una y otra vez nuestra realidad mental, recorriendo neuronalmente los mismos caminos, las mismas conexiones. En un escáner cerebral observaríamos como se interactúan energéticamente estas conexiones neuronales según que creencia, frase o concepto pronunciamos.
En casi todos mis artículos he sido crítico contra las diferentes industrias que, con el beneplácito de las autoridades sanitarias, no solo, nos están estafando por vendernos artículos alterados o adulterados, nos están envenenando.
Pero, como muchas veces he dicho, “nos da todo igual, no nos importa nada en absoluto”, estamos inmersos únicamente en seguir sobreviviendo y convirtiendo nuestra vida en nuestras propias cadenas de esclavitud. Somos esclavos de nosotros mismos, incapaces de alzar la voz ante la injusticia o/y el abuso de poder. Somos políticos de la cobardía, políticos de la miseria humana, además de cómplices indispensables de las Industrias que lentamente nos están envenenando.
Nos sentamos frente al ordenador para escribir sobre nuestros conocimientos de las diferentes terapias “naturales” sin saber el origen de nuestra debilitada salud, hablamos sentando cátedra de lo que aún no conocemos, pero somos incapaces de reconocer que, simplemente estamos asumiendo el papel de sumisos siervos de una decadente sociedad, a la que poco le importa el sufrimiento de los demás.
O sí. Ahora lo veremos. Lo que es casi seguro es que, al leer el titular, has fruncido el entrecejo, has abierto la boca y has pronunciado algo similar a ¿eh?, ¡este está loco! Y que esa reacción motórica muy posiblemente haya venido acompañada de varias frases y pensamientos al respecto... Y si estás leyendo esto, es porque también habrá aparecido cierta actitud de curiosidad, y finalmente la acción de clicar con el ratón...
Y aquí estamos, explorando sobre la realidad y los beneficios que contiene el muy trillado aforismo “tú, aunque estés mal, sonríe”. Al preguntar a otras personas por la razón por la que se emplea esta frase, en muchas ocasiones me he encontrado con la misma respuesta: puede que sea por un tema cultural. En nuestra Sociedad NO está permitido estar mal, sentirte triste, vulnerable... porque el que está enfrente no sabe lidiar con ese tipo de situaciones. Le incomoda. No sabe qué decir o hacer... Así que seguramente alguien con muy buena intención dijo “tú, aunque estés mal, sonríe”.
Vaya tela...
Pues sí, puede tener su sentido y su utilidad. Pero hay más. Y, a mi juicio, más interesante que el mero hecho de no querer incomodar al otro con mi momento emocional; por un lado, el miedo a mostrarnos y, por otro, el miedo a sentir y recibir al otro tal como se encuentre, con su mal momento vital...
Puede que sea por un tema cultural. En nuestra sociedad NO está permitido estar mal, sentirte triste, vulnerable... porque el que está enfrente no sabe lidiar con ese tipo de situaciones. Le incomoda...
Las relaciones tóxicas pueden darse en el ámbito de la pareja, en relaciones familiares, de amistad, de compañeros de trabajo,... Son relaciones en las que no nos acabamos de sentir bien porque la otra persona nos manipula, nos intenta hacer sentir culpables y eso nos roba energía.
Lo curioso es que, aunque nos sentimos mal, no somos capaces de romper la relación porque si lo intentamos o le expresamos a la otra persona nuestros sentimientos, ella utiliza el chantaje emocional con frases del tipo: «¿Cómo puedes hacerme esto...», «Con lo que yo te quiero», «Ya sabía yo que esto no podía ser... fíjate, con todo lo que he hecho yo por ti...» y nosotros quedamos atrapados en la culpa y nos decimos que no es para tanto, que tenemos que ser más pacientes y aguantamos, esperando que la relación mejore. Pero las cosas no mejoran y nos sentimos atrapados en una relación que nos genera sufrimiento. Podemos decir que estamos «enganchados» a esa relación tóxica.
Las relaciones tóxicas conllevan un gran desgaste emocional que puede afectar seriamente a nuestra salud. Invertir tanto tiempo y energía en negarnos a nosotros mismos, intentando ser y hacer lo que la otra persona nos exige para evitar que se enfade y en autoengañarnos pensando que de esta manera vamos a salvar la relación, tarde o temprano nos pasará factura.
Cuando estamos en una relación tóxica, anteponemos las necesidades de la otra persona a las propias, hacemos todo aquello que quiere para complacerla, negamos nuestros propios sentimientos, dejamos de hacer aquellas cosas que nos gustan si no son del agrado de la otra persona y vivimos en una tensión constante porque tememos que se enfade y que aparezcan los reproches. Poco a poco, vamos negando nuestra propia identidad y, de alguna manera, desaparecemos. Emergen sentimientos de culpa, de tristeza, de frustración y de impotencia que repercuten negativamente en nuestra autoestima y autoconfianza.