Reiki en los tiempos muertos

Miguel Angel Macias Machio
22 Feb 2026 lectura de 5 minutos
Reiki en los tiempos muertos

No necesitas un cojín, una campana tibetana ni una habitación en silencio para practicar Reiki. A veces, basta con estar detenido en medio del tráfico, sentado en una sala de espera o parado en una fila del supermercado.

Lo llamamos “tiempo muerto” porque parece que no pasa nada. Pero en realidad, ahí está todo: la impaciencia, el aburrimiento, el deseo de que el reloj corra más rápido, el malestar de sentir que estás perdiendo el tiempo. Y justamente por eso, esos minutos son una oportunidad perfecta —discreta, accesible, profundamente humana— para regresar a ti.

El Reiki no siempre ocurre en espacios sagrados. A menudo florece en los intersticios del día, en esos momentos que intentamos ignorar… pero que, si los miramos con atención, pueden convertirse en pequeños refugios de calma.

¿Por qué nos incomodan tanto los tiempos muertos?

Vivimos en una cultura que valora la productividad por encima de la presencia. Estamos acostumbrados a “hacer”, a avanzar, a resolver. Por eso, cuando algo nos detiene —un retraso, una espera, un imprevisto—, el cuerpo se tensa y la mente empieza a protestar:

“No tengo tiempo para esto.” “Esto no debería estar pasando.” “Podría estar haciendo algo útil.”

Pero la verdad es que no hay tiempo perdido cuando estás presente. Incluso en la inmovilidad, puedes estar vivo. Y el Reiki, en su forma más simple, es eso: estar plenamente donde estás, con tus manos, tu respiración y tu intención de cuidado.

Reiki sin ritual, sin postura, sin explicaciones

No se trata de “aprovechar” el tiempo ni de hacer algo productivo. Tampoco de forzar la paz o fingir que todo está bien. Se trata simplemente de no huir de este momento.

Y para eso, solo necesitas dos cosas que ya tienes:

  • Tus manos
  • Tu respiración

No importa si estás en el metro, en la sala de urgencias, esperando a que hierva el agua o en el coche en un embotellamiento. Puedes practicar Reiki sin que nadie lo note. No necesitas cerrar los ojos, ni decir mantras, ni creer en nada místico. Solo necesitas decidir, por unos segundos, ponerte atención a ti mismo.

Cómo hacerlo (sin parecer “raro”)

  1. Coloca tus manos suavemente: Si estás sentado, ponlas en el regazo, una sobre otra, justo debajo del ombligo —una zona que en muchas tradiciones se considera el centro de la calma y la estabilidad. Si estás de pie, deja los brazos relajados y coloca una mano sobre la otra en la parte baja del abdomen. Este gesto sutil te ancla al cuerpo, como si te dieras un abrazo interno.
  2. Respira tres veces con conciencia: Inhala despacio por la nariz (4 segundos), exhala suavemente por la boca (6–8 segundos). No fuerces. Solo observa cómo el aire entra y sale. Si tu mente se va —y se irá—, vuelve suavemente a la sensación del aire en las fosas nasales o al movimiento del abdomen.
  3. Observa sin juzgar: ¿Sientes impaciencia? ¿Aburrimiento? ¿Cansancio? Está bien. No intentes cambiarlo. Solo reconócelo: “Ah, esto es lo que hay ahora.” Esa simple aceptación ya es un acto de cuidado. No estás luchando contra el momento; estás permitiéndote vivirlo.
  4. Imagina que tus manos emiten calor: No necesitas creer en energía universal. Solo imagina que tus palmas están tibias, como cuando acaricias a alguien que quieres. Ese calor es atención. Es presencia. Es amor en acción. Y aunque sea una imagen mental, tu sistema nervioso responde a ella.

Eso es todo. Tres minutos. A veces, ni siquiera eso. Un semáforo en rojo. El tiempo que tarda el microondas. La espera entre llamadas. Son suficientes.

Por qué funciona (aunque no lo entiendas)

Cuando estás en espera, tu mente suele acelerarse: “¿Cuánto falta?” “No tengo tiempo para esto.” “Otra vez esto…”

Pero al colocar las manos en el cuerpo y respirar con intención, le das una señal clara a tu sistema nervioso: “Estoy aquí. Estoy a salvo. Puedo descansar, aunque sea un poco.”

No se trata de eliminar la incomodidad, sino de no añadirle resistencia. Y en ese espacio mínimo de aceptación, algo se suelta. La mandíbula se relaja. Los hombros bajan. La respiración se vuelve más profunda. El ritmo cardíaco se modera.

Eso… ya es sanación.

Algunos momentos ideales para probarlo

  • En el transporte público: manos en el regazo, mirada suave, respiración consciente.
  • En la sala de espera del médico: en lugar de revisar el móvil, pon una mano en el pecho y otra en el vientre. Siente el latido del corazón y el movimiento de la respiración.
  • En el coche, en un semáforo largo: apoya las manos en los muslos, respira hondo, suelta los hombros.
  • Mientras esperas a que alguien responda un mensaje: en vez de mirar la pantalla, cierra los ojos un segundo y lleva la atención a tu respiración.
  • En la fila del banco o del supermercado: en lugar de cruzar los brazos con frustración, deja las manos abiertas a los costados o en el abdomen. Respira. Observa.

No se trata de transformar cada espera en una meditación profunda. Solo de no perderte en ella.

Un recordatorio suave

El Reiki no pide perfección. Si te distrajiste, si volviste al móvil, si te olvidaste… no importa. La próxima vez que notes que estás “esperando”, vuelve a tus manos. Vuelve a tu respiración. Vuelve a ti.

Porque los tiempos muertos no tienen por qué estar vacíos. Pueden ser, en silencio, los momentos en que más vivo estás.

Y si hoy solo logras hacerlo una vez —durante un semáforo, mientras el agua hierve, en la sala de espera—, ya habrás sembrado una semilla de calma que, con el tiempo, crecerá sin que te des cuenta.

Con calma y gratitud.