Las reinas de egipto eran muy conocidas por la importancia que les daba a la belleza femenina. Cada una tenía sus secretos, composiciones y elixires para resaltar y cuidar de la piel y del cuerpo. Algunos se volvieron famosos como los baños de leche de burra de Cleopatra. Otros contenían polvo de alabastro, sal del Bajo Egipto y miel. También se utilizaba muy a menudo mascarillas de arcillas para limpiar y purificar la piel. Ya hace 3000 años sabían de las propiedades y virtudes de la arcilla.
La piel del rostro es el órgano que más agresión sufre durante el día, porque está siempre al descubierto. Sufre las variaciones de temperaturas, el viento y los cambios entre aire seco y húmedo (sin hablar de la agresión de los productos de maquillaje…). Además recibe toda la contaminación que está en el aire, sobre todo la gente que vive en ciudades. Por esta razón, la cara necesita un cuidado natural, no agresivo y respetuoso con el metabolismo. La arcilla puede jugar un papel importante en nuestra higiene cutánea facial.
A menudo nos sentimos insatisfechos, angustiados, irritables y no sabemos muy bien qué es lo que nos sucede, simplemente nos sentimos mal y pensamos que no tenemos suerte en la vida o que estamos pasando por una mala época.
Cuando experimentamos emociones negativas o sentimientos de frustración, no tenemos que mirar para otro lado y esperar a que vengan tiempos mejores o culpar a otros de lo que nos está sucediendo.
Es el momento de tomar las riendas de nuestra vida y hacernos conscientes de nuestro diálogo interior: ¿Qué nos estamos diciendo para sentirnos así? ¿Cómo nos sentimos ante un fracaso? ¿Pensamos que no nos hemos esforzado lo suficiente y nos sentimos culpables? ¿Cuando alguien nos critica o nos hace algún comentario negativo sobre nuestro aspecto o nuestra manera de ser nos ponemos a la defensiva?
¿Cuál es el motivo de que dos personas, ante una misma situación, puedan reaccionar de manera totalmente opuesta? Quizás, una lo ve como una desgracia y el otro como una oportunidad para superarse, para aprender cosas nuevas, para cambiar,...
¿De dónde nace la kinesiología?A principios de los años 60 el Dr. George Goodheart descubrió que ante una situación de estrés los músculos reaccionaban tensándose o debilitándose. Este fue uno de los primeros estudios sobre la interacción de los músculos con los órganos y los meridianos de acupuntura.
Tras años de estudio, se llegó a la conclusión de que tratando los músculos y los puntos de acupuntura, se empezaban a equilibrar los órganos relacionados con esos músculos. Para cada órgano o sistema, hay un músculo asociado.
La kinesiología, en sus orígenes, actuaba sobre el sistema nervioso para que este mandara información a los sistemas circulatorio, linfático, motor, digestivo, vestibular, respiratorio, etc. Con ella se tratan conflictos en el organismo desde un punto de vista global.
En esencia, la labor del kinesiólogo es la de encontrar la causa o causas que provocan un desequilibrio en la persona. El método que se utiliza es el llamado test kinesiológico. Gracias a la realización de dichos test podremos saber si la causa que produce desequilibrio es física, mental, química, emocional, etc.
El Dr. Edward Bach, estableció que su obra basada en los 38 principios florales que estudiaba, buscaba un equilibrio del individuo partiendo del reconocimiento de los conflictos internos a los que ese individuo estaba siendo sometido. En resumen, esta terapia floral buscaba solventar de forma natural los conflictos internos propios de la evolución del ser humano a lo largo de su trayectoria vital.
La etapa en la que empezamos a mirar cara a cara a esos conflictos en la adolescencia.
En este artículo partimos de la premisa que es el propio paciente el que debe actuar y equilibrar esos conflictos y que lo único que harán las Flores de Bach será abrir un posible camino que facilite la solución y equilibrio de ese conflicto.
Deberemos trabajar con un niño que ha dejado de ser niño para mostrar signos de rebeldía ante el hecho de abandonar esa niñez y enfrentarse a una nueva etapa, pero controlado todavía por padres, profesores, sociedad, etc. Nos encontramos ante un individuo que empieza a desarrollar sus propias ideas y que no consiente la imposición de las ideas o valores de los demás aunque sean para su propio beneficio.