Cansancio crónico: cuando descansar no es suficiente

Lau Zentroa
27 Ene 2026 lectura de 4 minutos
Cansancio crónico: cuando descansar no es suficiente

Cada vez más personas expresan una sensación de cansancio profundo y persistente que no mejora con el descanso, el sueño ni siquiera con unas vacaciones. No se trata de un agotamiento puntual, sino de una fatiga constante que se instala en el día a día y que acaba afectando al cuerpo, a las emociones, a la mente y a la motivación vital.

Desde una mirada amplia y energética, este cansancio crónico es el reflejo de una actividad desarmónica sostenida en el tiempo a distintos niveles: físico, emocional, mental y energético. Cuando esta desarmonía se mantiene durante meses o incluso años, el cuerpo acaba entrando en un estado de alerta permanente. Nuestro sistema nervioso se acostumbra a funcionar en modo supervivencia, sin encontrar verdaderos espacios de relajación profunda.

Por eso, aunque descansemos, aunque durmamos más horas o nos alejemos temporalmente de la rutina, ese estado interno no consigue soltarse. El sistema nervioso sigue activado, en vigilancia constante, y el organismo no logra regenerarse. No es que no sepamos descansar; es que nuestro sistema ya no recuerda cómo relajarse.

Desde el punto de vista energético, este proceso funciona en una relación de doble sentido. Por un lado, la falta de cuidado energético debilita nuestra capacidad física, emocional y mental para adaptarnos y responder a las exigencias externas. Nos sentimos más frágiles, más reactivas, con menos recursos internos. Y, al mismo tiempo, una mala gestión emocional, mental o física —estrés mantenido, pensamientos repetitivos, sobreexigencia, dificultad para poner límites— acaba debilitando progresivamente el sistema energético.

No podemos separar unas capas de otras. Somos un sistema vivo, integral y profundamente interconectado. Por eso, cuando hablamos de cansancio crónico, no estamos ante un problema aislado, sino ante un desequilibrio global que necesita una mirada holística.

Abordar este tipo de fatiga implica revisar muchos aspectos de nuestra vida. Evidentemente, gestionar el estrés crónico conlleva mejorar la nutrición, pero no desde recetas universales. Cada persona necesita descubrir qué tipo de alimentación le sostiene realmente, porque no todas tenemos las mismas necesidades. Nuestra historia vital, nuestra información genética y epigenética, así como nuestra información energética, hacen que cada cuerpo sea único.

Lo mismo ocurre a nivel emocional y mental. Aprender a identificar qué nos ayuda a regularnos emocionalmente, qué recursos nos permiten gestionar mejor la presión, el miedo o la autoexigencia, y qué hábitos mentales nos desgastan es una parte esencial del proceso. También lo es revisar decisiones importantes: el ritmo laboral, la exposición a tóxicos, la sobreestimulación mental constante, la dificultad para decir no o para poner límites claros.

El autocuidado real pasa por tomar decisiones conscientes. Y esto no siempre es fácil. De hecho, en muchos casos, cuando el sistema energético está muy debilitado, ni siquiera tenemos la fuerza interna necesaria para hacer esos cambios, aunque sepamos cuáles son.

Aquí es donde el trabajo energético cobra un valor profundo. Fortalecer el sistema energético nos devuelve poco a poco la capacidad de sostenernos, de escuchar con claridad y de actuar con coherencia. Desde ahí, las decisiones dejan de ser una lucha y se convierten en un paso natural hacia el equilibrio.

Herramientas como Reiki se entienden entonces no solo como una técnica, sino como un camino de aprendizaje y autoconocimiento que nos ayuda a reconectar con nuestra energía vital y con nuestra propia sabiduría interna. Al cuidar la energía, se crea una base más estable desde la que el cuerpo, la mente y las emociones pueden reorganizarse.

Comprender que no todo cansancio es físico nos abre a una forma más consciente, respetuosa y profunda de cuidarnos. Apostar por un enfoque personalizado, integral y energético no es una moda: es una respuesta necesaria a la complejidad del ser humano.

Porque solo cuando cuidamos todos nuestros niveles —físico, emocional, mental y energético— podemos salir realmente del estrés crónico y recuperar una vitalidad que no depende solo del descanso, sino de la coherencia con la vida que somos.