Cuando la ciencia no basta: conciencia, cuerpo y espiritualidad

José María Guillén Lladó
15 Feb 2026 lectura de 7 minutos
Cuando la ciencia no basta: conciencia, cuerpo y espiritualidad

Durante mucho tiempo hemos confiado en que la ciencia podía explicarlo todo. Y, en gran medida, así ha sido. Gracias a ella hemos comprendido el funcionamiento del cuerpo, hemos avanzado en tecnología, medicina y conocimiento, y hemos ganado en calidad de vida. Sin embargo, hay momentos —personales y colectivos— en los que la ciencia, tal como la hemos entendido hasta ahora, empieza a quedarse corta. No porque sea errónea, sino porque no abarca toda la experiencia humana.

Esta sensación no es nueva. Aparece cada vez que el conocimiento avanza lo suficiente como para rozar sus propios límites. Curiosamente, la historia del arte nos ofrece una imagen muy clara de este proceso. Muchos grandes pintores comenzaron su trayectoria dominando la técnica con precisión casi obsesiva. Con los años, sin embargo, se fueron desprendiendo de esa necesidad de perfección formal. Sus obras se volvieron más libres, más expresivas, más simbólicas. No era una regresión, sino una evolución. Ya no pintaban para demostrar que sabían, sino para expresar lo que sentían y comprendían. Algo muy parecido está ocurriendo hoy en otros ámbitos del conocimiento.

Cuando la experiencia supera al modelo

La ciencia moderna se construyó sobre un pilar fundamental: solo es válido aquello que puede medirse, repetirse y demostrarse. Todo lo demás quedaba fuera del marco. Durante décadas, conceptos como conciencia, espiritualidad o experiencia interior profunda fueron considerados irrelevantes, subjetivos o incluso incómodos.

Sin embargo, hay vivencias que se repiten con tal coherencia y profundidad que resultan imposibles de ignorar. Un ejemplo claro son las Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM). Durante mucho tiempo se explicaron como alucinaciones, fenómenos cerebrales residuales o simples construcciones psicológicas. Hoy, cada vez más médicos y científicos reconocen que esas explicaciones no bastan.

Profesionales con una trayectoria impecable, formados en el máximo rigor técnico, han empezado a hablar abiertamente de ello. En España, el cirujano Manel Sans Segarra ha explicado cómo su visión de la conciencia cambió tras escuchar durante años relatos consistentes de pacientes que habían estado clínicamente muertos. No se trata de fe ni de creencias personales, sino de observación reiterada y honesta.

Lo significativo es que muchos de estos profesionales reconocen que, mientras ejercían activamente, no podían expresar estas reflexiones sin poner en riesgo su credibilidad. Hoy, con la distancia que da el tiempo, se permiten integrar lo que siempre estuvo ahí. De nuevo, como el artista que ya no necesita demostrar su técnica.

¿Es la conciencia solo un producto del cerebro?

Uno de los grandes debates actuales gira en torno a esta pregunta. La neurociencia ha avanzado enormemente en el estudio de los correlatos neuronales de la experiencia, pero sigue sin responder a una cuestión esencial: ¿qué es la conciencia en sí misma?

Las ECM plantean interrogantes difíciles de eludir: experiencias lúcidas en ausencia de actividad cerebral detectable, percepciones verificables durante estados de inconsciencia profunda, transformaciones vitales profundas y duraderas tras la experiencia. Lejos de invalidar la ciencia, estos fenómenos la invitan a ampliarse.

Algo similar ocurrió con la física cuántica a principios del siglo XX. Los modelos clásicos funcionaban… hasta que dejaron de hacerlo. Fue necesario un cambio de paradigma. No para negar lo anterior, sino para integrarlo en una visión más amplia de la realidad.

Espiritualidad: una dimensión humana natural

Hablar de espiritualidad sigue generando resistencias. En gran parte porque se confunde con religión. Pero no son lo mismo. La espiritualidad, entendida desde una perspectiva humana y psicológica, no implica dogmas ni instituciones. Tiene que ver con la búsqueda de sentido, con la conexión profunda con uno mismo, con la conciencia de algo que trasciende lo puramente material.

Pensar en la muerte, preguntarse quiénes somos, sentir que la vida tiene una dimensión más profunda no es una patología ni una rareza. Es una expresión natural de la conciencia humana. Y, sin embargo, durante mucho tiempo estas preguntas han sido silenciadas o minimizadas.

Curiosamente, cuando la vida nos confronta con una experiencia límite —una enfermedad grave, una pérdida, una crisis profunda— estas cuestiones emergen con una fuerza innegable. Y suelen vivirse como más reales que muchas certezas cotidianas.

Sensibilidad, profundidad y conciencia

lgunas personas viven esta dimensión con mayor intensidad desde siempre. Las Personas Altamente Sensibles (PAS) son un ejemplo claro. No porque sean especiales, sino porque su sistema perceptivo e introspectivo es más fino, más profundo y más abierto a lo sutil.

La investigación en alta sensibilidad ha mostrado que estas personas procesan la información con mayor profundidad, se ven más afectadas por el entorno y tienden a una vida interior rica. Esto hace que también se planteen antes y con más intensidad preguntas sobre el sentido de la vida, la coherencia interna o la trascendencia.

Lo que en las PAS es evidente, en muchas otras personas está latente. Por eso, comprender la alta sensibilidad no es solo comprender a un grupo concreto, sino entender una posibilidad humana más amplia: la capacidad de vivir con mayor conciencia.

Más allá del control y la adaptación

Durante mucho tiempo, el objetivo implícito de muchos enfoques psicológicos fue la adaptación: encajar, rendir, funcionar. Y eso ha sido útil. Pero no suficiente. Cada vez más personas sienten que “funcionar” no equivale a vivir.

Aparece entonces una sensación de vacío, de desconexión, de incoherencia interna. No porque algo esté roto, sino porque falta una dimensión esencial: el sentido. La experiencia humana no se reduce a conducta y pensamiento. Incluye también emoción, cuerpo vivido, conciencia y significado.

En este contexto, enfoques como la psicología humanista y la psicología transpersonal han aportado una visión integradora. No como alternativas marginales, sino como ampliaciones necesarias. Reconocen que el ser humano tiene capas de experiencia que van más allá de lo racional y que también son reales, legítimas y transformadoras.

Ciencia, humildad y evolución

Tal vez el verdadero signo de madurez de una disciplina no sea su certeza, sino su humildad. La capacidad de decir “aún no lo sabemos”. De escuchar la experiencia sin apresurarse a reducirla. De aceptar que la realidad puede ser más amplia que nuestros modelos actuales.

Hoy vemos a científicos profundamente racionales que creen en Dios o en una dimensión trascendente de la conciencia. No por contradicción, sino por integración. No porque renuncien a la razón, sino porque la razón, por sí sola, ya no les basta para explicar todo lo que han visto, vivido o comprendido.

Como en el arte, como en la ciencia, como en la vida, llega un momento en que la técnica deja paso al significado.

Y quizá ese sea uno de los grandes retos de nuestro tiempo: atrevernos a integrar ciencia, cuerpo y dimensión espiritual sin miedo, sin dogmas y sin perder el rigor. Porque solo así podremos comprender de verdad la experiencia humana en toda su profundidad. Nuestra propia verdad.


Bibliografía:

  • Acevedo, B. et al. (2025). Advances in Sensory Processing Sensitivity Research. Frontiers in Psychology.
  • Rappaport, M. & Corbally, C. (2018). Evolution of Religious Capacity in the Genus Homo. Zygon.
  • Greyson, B. (2021). After: A Doctor Explores What Near-Death Experiences Reveal about Life and Beyond.
  • Spirituality Through a Highly Sensitive Lens – Elaine Aron (2025)
  • La supraconciencia existe – Manel Sans Segarra (2023)