Síntomas físicos de la ansiedad: de la cabeza al corazón

Somsalud
28 Feb 2026 lectura de 23 minutos
Síntomas físicos de la ansiedad: de la cabeza al corazón Recomendado

Durante años te has dicho que eres una persona «nerviosa». Has justificado ese nudo en el estómago antes de una reunión como algo normal. Has atribuido la taquicardia del domingo por la tarde a «haber cenado mucho». Has cargado con un cansancio que no se quita ni con ocho horas de sueño, creyendo que simplemente «no aguantas como antes».

Pero hay algo que no te han contado: tu cuerpo no miente.

Mientras tu mente intenta racionalizar, minimizar o seguir adelante, tu cuerpo lleva meses quizá años levantando la mano. Y no lo hace con susurros. Lo hace con contracturas que no responden a masajes, con digestiones impredecibles, con esa opresión en el pecho que aparece sin motivo y desaparece… justo cuando te vas de vacaciones.

Este artículo no es una lista más de síntomas. Es un manual de interpretación biológica. Vamos a ver, con detalle y sin juicios, por qué tu cuerpo está gritando lo que tú no te permites sentir. Y lo más importante: qué puedes hacer cuando el silencio ya no es una opción.

El error de llamarlo «estrés» (y por qué te impide mejorar)

Llamamos estrés a todo. Es una palabra comodín que usamos para justificar el mal humor, el agotamiento o los olvidos. Pero cuando el cuerpo empieza a manifestar síntomas físicos persistentes, ya no es estrés: es ansiedad somatizada.

La diferencia no es semántica. Es neurobiológica.

El estrés agudo es funcional: te ayuda a entregar un proyecto, a reaccionar ante un peligro real o a correr para no perder el tren. Una vez que el estímulo desaparece, el sistema nervioso parasimpático, el freno se activa y el cuerpo vuelve a la calma.

La ansiedad, en cambio, es el piloto automático que no se apaga. El peligro ya pasó, pero el cuerpo sigue en modo alerta. Y vivir en alerta permanente tiene un coste energético altísimo. Literalmente, tu cuerpo está consumiendo recursos como si estuvieras huyendo de un depredador… mientras respondes correos.

Entender esto es el primer cambio de paradigma. Porque cuando dejas de preguntarte «qué tengo» y empiezas a preguntarte «qué estoy sosteniendo que ya me pesa demasiado», el síntoma deja de ser un enemigo y se convierte en un mensajero.

El cuerpo no habla con palabras: habla con síntomas

Si tu pareja te ignorara sistemáticamente, acabarías alzando la voz. Si te ignorara más, acabarías gritando. Si aun así no te escuchara, dejarías de hablar y empezarías a actuar: portazos, silencios, ausencias.

Esto es exactamente lo que hace tu cuerpo.

Primero intentó hablarte con señales suaves: pequeñas contracturas, algún día de insomnio leve, ese picor de estómago de vez en cuando. Luego subió el volumen: jaquecas, reflujo, palpitaciones. Y si sigues sin escuchar, el cuerpo recurre a medidas más drásticas: crisis de pánico, colon irritable, dermatitis, bajadas de tensión repentinas.

No se trata de «sugestión» ni de «debilidad». Es fisiología pura. La ansiedad crónica altera el eje hipotálamo-hipófiso-suprarrenal (HPA), desregula el cortisol, inflama los tejidos y modifica incluso la expresión de ciertos genes. Es decir: no es que te lo imagines, es que tu biología se ha reorganizado en torno a la supervivencia.

Y la supervivencia, cuando se prolonga en el tiempo, se convierte en enfermedad silenciosa.

Las 7 señales físicas (explicadas como nunca te las han contado)

A continuación, desglosamos las manifestaciones físicas más frecuentes de la ansiedad. Pero no como un listado frío, sino con el contexto, los matices y los «porqués» que normalmente se omiten en la consulta médica.

El nudo en el estómago que nunca se deshace

Es probablemente el síntoma más universal. Esa sensación de tener una piedra en el abdomen, un vacío incómodo o una opresión que a veces sube hacia el pecho. En la cultura popular lo llamamos «mariposas en el estómago» cuando es puntual y agradable. Pero cuando es constante, no son mariposas: es un puño cerrado.

El sistema nervioso entérico, nuestro «segundo cerebro», está recubierto de neuronas que se comunican directamente con el cerebro principal. Cuando la amígdala el detector de amenazas se activa, envía señales inmediatas al tracto digestivo. La digestión se ralentiza (o se acelera bruscamente), los jugos gástricos se alteran y la mucosa intestinal se vuelve más permeable.

No es casualidad que muchas personas con ansiedad crónica desarrollen colon irritable, gastritis o reflujo sin causa orgánica. El estómago está diseñado para digerir comida, no emociones. Cuando las emociones no se procesan, el estómago acaba procesándolas a su manera.

Señal de alarma real: si notas que tu malestar digestivo desaparece cuando estás de vacaciones, cuando estás en un entorno seguro o cuando estás con personas con las que no necesitas aparentar, no es tu estómago: es tu vida.

El pecho que pesa y el corazón que se acelera sin avisar

Hay días en los que sientes el corazón latiendo con demasiada fuerza. No necesariamente rápido, sino fuerte. Como si quisiera salirse. O, por el contrario, notas una presión en el centro del pecho, como una losa pequeña que no te impide respirar, pero te recuerda que está ahí.

El corazón es un músculo. Y como todo músculo, responde a las órdenes del sistema nervioso. Cuando el sistema simpático está hiperactivo, el corazón late con más fuerza y mayor frecuencia. Es una respuesta evolutiva: el corazón se prepara para bombear sangre a los músculos grandes por si tienes que huir o luchar.

El problema es que no estás huyendo. Estás sentado, quizá viendo una serie, quizá intentando dormir. Y esa energía preparada para la acción no tiene salida. Se queda atrapada en la caja torácica, generando esa opresión que tanto asusta.

Y sí, da miedo. Sobre todo, porque socialmente hemos aprendido que el dolor en el pecho es sinónimo de infarto. Pero hay un matiz clave: el dolor cardíaco suele ser opresivo, irradiado y asociado a esfuerzo físico. El dolor ansioso es punzante, cambiante y empeora con la rumiación mental.

Aun así, nunca ignores este síntoma. Acude a urgencias para descartar causa cardíaca. Y cuando te den el alta diciendo que «todo está bien», no lo interpretes como que te lo has inventado. Todo no está bien: tu corazón está sano, pero tu sistema nervioso está agotado. Y eso también merece tratamiento.

El cansancio que no entiende de sueño

De todos los síntomas, este es el que más invalidante resulta y el que más se invisibiliza.

No es el cansancio de haber corrido diez kilómetros. Es el cansancio de haberte levantado, duchado y desayunado, y ya sentir que el día pesa. Es esa niebla mental que te impide seguir una conversación, esa sensación de tener las piernas de plomo, esa necesidad de tumbarte cinco minutos que se convierten en dos horas.

El cuerpo ansioso nunca descansa del todo.

Por la noche, el cortisol debería caer para permitir la entrada del sueño profundo. Pero en la ansiedad crónica, ese ritmo circadiano se rompe. El cortisol se mantiene elevado a las 2 de la madrugada, mientras que por la mañana, cuando debería estar en su pico para activarte, apenas se eleva. Es decir: duermes, pero no reparas.

Además, el cerebro ansioso no deja de procesar información durante la noche. La actividad eléctrica cerebral durante el sueño de una persona con ansiedad es similar a la de alguien que está en vigilia relajada. No hay descanso real. Hay una tregua momentánea.

Por eso no sirve de nada decir «es que he dormido ocho horas». No es la cantidad, es la calidad. Y cuando el sistema nervioso está en guardia permanente, el sueño profundo el verdadero reparador se reduce drásticamente.

Cómo diferenciarlo: si el fin de semana, aun durmiendo más horas, sigues amaneciendo cansado; si una siesta de veinte minutos te deja peor que antes; si notas que tu energía no se recupera ni con días de descanso… tu fatiga tiene nombre y apellido: agotamiento suprarrenal funcional.

La cabeza que estalla (y no es migraña)

Las cefaleas tensionales son, junto al nudo en el estómago, el síntoma estrella de la ansiedad muscular. Se originan en la parte alta de la espalda, suben por el trapecio, rodean el cuello y se instalan en la base del cráneo o detrás de los ojos.

Es el dolor de cabeza del que «no puede más».

A diferencia de la migraña clásica, aquí no suele haber aura, náuseas ni fotofobia intensa. Es un dolor sordo, constante, que empeora a medida que avanza el día. Muchas personas lo describen como «tener la cabeza envuelta en un pañuelo demasiado apretado».

Lo que ocurre es que la ansiedad mantenida genera una contractura crónica en la musculatura del cuello y los hombros. Esta contractura comprime los vasos sanguíneos y los nervios que ascienden hacia el cráneo, generando dolor referido.

El problema es que el tratamiento analgésico convencional apenas funciona aquí. Porque no es un déficit de ibuprofeno: es un exceso de tensión acumulada.

Un dato revelador: si tus dolores de cabeza desaparecen cuando te dan un masaje, cuando practicas yoga o cuando sales de un entorno estresante, el origen no es cervical: es emocional sostenido en el cuerpo.

La piel que habla: brotes, picores y reacciones sin alergia

La piel es el órgano más visible y también el más sensible a las fluctuaciones emocionales. Comparte origen embrionario con el sistema nervioso —ambos derivan del ectodermo—, por lo que su conexión es íntima, casi indivisible.

Cuando la ansiedad se cronifica, el eje HPA libera sustancias proinflamatorias que pueden desencadenar o agravar condiciones dermatológicas: psoriasis, dermatitis atópica, eczema, urticaria nerviosa o incluso acné tardío.

Pero no hace falta tener una patología diagnosticada. Muchas personas experimentan picores generalizados sin lesión aparente, esa necesidad de rascarse brazos o piernas en momentos de tensión. O la sensación de hormigueo en el cuero cabelludo. O brotes repentinos de sarpullido en el pecho y el cuello cuando la ansiedad se dispara.

La piel enrojece, se seca, se agrieta. Es como si el cuerpo necesitara expulsar hacia fuera lo que no puede procesar dentro.

Y luego está la sudoración. No la de hacer deporte, sino la fría, la que aparece sin esfuerzo, en las palmas de las manos, en las axilas, en la planta de los pies. Es el sudor de la anticipación, del miedo a lo que aún no ha ocurrido.

La boca seca y la garganta que se cierra

Es una sensación difícil de describir para quien no la ha padecido: la impresión de tener un tapón en la garganta. Ni duele ni impide tragar del todo, pero está ahí, como una presencia incómoda que te obliga a carraspear constantemente.

Se llama globus faríngeo o «nudo en la garganta». Ocurre porque la ansiedad induce una tensión mantenida en la musculatura del cuello y la faringe, a la vez que reduce la producción de saliva —efecto directo de la activación simpática—.

La boca seca no es solo molesta: altera el gusto, dificulta el habla y genera halitosis. Pero sobre todo, es un síntoma muy estigmatizante. La gente no entiende por qué bebes agua constantemente o por qué tu voz suena entrecortada en momentos clave.

La garganta es el conducto de la palabra. Cuando la palabra no sale, cuando te tragas lo que quieres decir, cuando callas por miedo, educación o costumbre… la garganta se cierra.

Temblores, mareos y esa sensación de «suelo que se mueve»

No eres tú, es tu sistema propioceptivo. La ansiedad altera la percepción del equilibrio. No es un vértigo rotatorio real, sino más bien una sensación de inestabilidad, como si el suelo estuviera ligeramente blando o como si fueras a desmayarte.

Esto ocurre por dos vías:

  1. La hiperventilación, a menudo imperceptible, altera los niveles de CO₂ en sangre, lo que provoca mareo y hormigueo en extremidades.
  2. La tensión mantenida en la musculatura cervical afecta a los receptores propioceptivos del cuello, que son claves para la percepción del equilibrio.

A esto se suman los temblores. No son parkinsonianos ni patológicos; son finos, rápidos, y aparecen sobre todo en las manos o en los párpados. Son el reflejo físico de la energía nerviosa contenida.

Muchas personas los ocultan metiendo las manos en los bolsillos, sentándose sobre ellas o apretando los puños. Pero el temblor no desaparece al esconderse: es la electricidad del sistema nervioso buscando una salida.

Más allá de las 7: otros gritos silenciosos del cuerpo

La lista anterior no es exhaustiva. La ansiedad tiene tantas formas de expresarse como personas que la padecen. Hay síntomas menos conocidos, pero igualmente reales, que merecen ser nombrados.

La mandíbula que rechina (bruxismo)

Despertar con la mandíbula dolorida, con los dientes apretados o con la sensación de haber masticado chicle toda la noche es una señal inequívoca de que el cuerpo no se relajó ni siquiera en sueños. El bruxismo nocturno es una respuesta motora a la hiperactivación del sistema nervioso. A largo plazo, desgasta el esmalte, provoca fracturas dentales y cronifica la tensión en los músculos maseteros.

La vejiga hiperactiva

¿Notas que tienes que orinar con más frecuencia, especialmente antes de un evento importante o en momentos de nervios? La ansiedad puede irritar la vejiga. El sistema nervioso simpático, al estar constantemente alerta, reduce la capacidad funcional de la vejiga y aumenta la sensación de urgencia. Muchas personas son diagnosticadas erróneamente de vejiga hiperactiva cuando el origen es puramente ansioso.

Disfunción sexual

El deseo sexual es el primero en irse cuando el cuerpo está en modo supervivencia. La libido cae en picado. En hombres, la ansiedad puede provocar dificultad para mantener la erección o eyaculación precoz. En mujeres, sequedad vaginal, anorgasmia y dolor durante el coito. No es un problema de pareja ni hormonal: es el sistema nervioso priorizando la alerta sobre la conexión.

Visión borrosa o sensibilidad a la luz

La activación simpática dilata las pupilas para mejorar la visión periférica (detectar depredadores). Cuando esta dilatación se mantiene en el tiempo, puede generar visión borrosa, dificultad para enfocar o fotofobia. Muchas personas acuden al oftalmólogo creyendo que necesitan gafas nuevas, y lo que necesitan es regular su sistema nervioso.

Acúfenos o pitidos en el oído

El zumbido en los oídos, especialmente cuando hay silencio, puede intensificarse con la ansiedad. La tensión cervical y mandibular, sumada a la hipervigilancia auditiva, hace que el cerebro amplifique sonidos internos que normalmente pasarían desapercibidos. No es un problema de oído: es un problema de interpretación cerebral.

El silencio de las pruebas médicas (y por qué no debes ignorarlo)

Acudes al médico. Te hacen análisis de sangre, electrocardiograma, quizá una ecografía abdominal. Y todo sale «normal». Entonces, ¿qué haces con tu dolor?

La respuesta más frecuente es invalidarlo. «Será cosa mía», «seguro que lo exagero», «si no tengo nada, ¿por qué me siento tan mal?».

Este es el punto más peligroso del proceso. Porque cuando la medicina no encuentra una causa orgánica, el paciente no recibe un alta: recibe un vacío. Y en ese vacío, la ansiedad crece.

Lo que pocos médicos explican es que las pruebas convencionales miden estructuras, no funciones. Un corazón puede ser anatómicamente perfecto y, sin embargo, latir con taquicardia sinusal por hiperactividad simpática. Un estómago puede no tener úlceras y, sin embargo, digerir pésimo por dismotilidad inducida por estrés.

La normalidad biomédica no equivale a salud.

Si tus pruebas están bien, no lo celebres como si no pasara nada. Tómalo como una información valiosa: no tienes una enfermedad orgánica establecida, tienes un sistema nervioso desregulado. Y eso tiene tratamiento, aunque no salga en una radiografía.

El mapa no es el territorio: cómo empezar a recuperar tu cuerpo

Saber que la ansiedad está detrás de tus síntomas no es un «diagnóstico basura». Es el primer paso para dejar de buscarse enfermedades y empezar a buscar soluciones fisiológicas.

Estas son algunas vías, ordenadas de menor a mayor profundidad:

Regulación fisiológica inmediata

El cuerpo necesita señales de seguridad. No se trata de «pensar en positivo», sino de engañar al sistema nervioso con información sensorial:

  • Respiración lenta con exhalación alargada: la exhalación activa el nervio vago. Intenta que dure el doble que la inhalación. Un ritmo de 5 segundos inspirando y 10 espirando, durante 3 minutos, puede reducir la frecuencia cardíaca y la presión arterial.
  • Exposición al frío en rostro o muñecas: el reflejo de inmersión (buceo) activa el parasimpático y reduce la activación simpática. Simplemente mojarte la cara con agua fría o aplicar una bolsa de hielo en la nuca puede «resetear» el sistema.
  • Presión profunda: mantas pesadas, abrazos firmes o autopresión en hombros y brazos. La presión moderada y sostenida libera serotonina y reduce el cortisol.
  • Estimulación bilateral: caminar, balancear los brazos, o seguir con la mirada un objeto que se mueve de izquierda a derecha. Esto ayuda a procesar la información estresante y a regular la activación emocional

Movimiento consciente, no castigo

El ejercicio intenso puede ser contraproducente si el cuerpo ya está en modo lucha-huida. No necesitas machacarte; necesitas mover la energía atrapada.

  • Caminar a ritmo suave, preferiblemente en la naturaleza, activa el sistema parasimpático.
  • Estiramientos suaves de cuello, hombros y cadera, donde se acumula gran parte de la tensión ansiosa.
  • Balanceo: mecerse en una mecedora o simplemente balancear el cuerpo de lado a lado estimula el sistema vestibular y calma.
  • Yoga restaurativo o nidra: prácticas que no buscan el esfuerzo, sino la entrega y la relajación consciente.

El movimiento debe liberar, no agotar. Escucha a tu cuerpo: si después de hacer ejercicio te sientes más activado que tranquilo, reduce la intensidad.

Trabajo con el sistema nervioso

Aquí entran terapias de tercera generación y enfoques somáticos:

  • EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares): especialmente útil si la ansiedad tiene raíz en experiencias traumáticas pasadas.
  • Somatic Experiencing (SE): trabaja con las sensaciones corporales para completar ciclos de supervivencia incompletos.
  • Brain spotting: localiza puntos de activación en el campo visual que están vinculados a memorias estresantes.
  • Terapia sensorio motriz: integra el trabajo corporal con el procesamiento psicológico.

Estas terapias no se centran en el «porqué» de la ansiedad, sino en el «cómo» se aloja en el cuerpo. No buscan hablar indefinidamente del problema, sino regular el sistema nervioso para que el problema deje de manifestarse físicamente.

Revisión del contexto: el cuerpo no miente sobre tu vida

No todo es química. A veces el cuerpo grita porque hay algo en tu vida que ya no puedes sostener:

  • Un trabajo que te excede: jornadas interminables, ambientes tóxicos, falta de reconocimiento.
  • Una relación que te aprieta: convivencia conflictiva, pareja que desgasta, soledad no elegida.
  • Una falta de propósito: sentir que lo que haces no tiene sentido, que vives en automático.
  • Un duelo no procesado: la pérdida de un ser querido, una ruptura, una mudanza forzada.

El síntoma físico puede ser la única forma que tiene tu cuerpo de decirte: esto no está funcionando. Y aunque no siempre sea posible cambiar de vida de inmediato, reconocer el origen contextual del malestar ya es un alivio. Dejas de sentirte «roto» y empiezas a sentirte desbordado por circunstancias reales.

Nutrición y microbiota: el eje intestino-cerebro

Cada vez hay más evidencia de que la ansiedad crónica altera la composición de la microbiota intestinal, y que una microbiota desequilibrada puede perpetuar los síntomas ansiosos. Es un círculo vicioso.

Algunas pautas básicas:

  • Evitar ultra procesados, azúcares refinados y edulcorantes artificiales: alimentan bacterias proinflamatorias.
  • Incorporar alimentos fermentados: yogur, kéfir, chucrut, kombucha. Aportan probióticos naturales.
  • Aumentar la fibra prebiótica: cebolla, ajo, espárragos, plátano verde. Alimenta a las bacterias beneficiosas.
  • Omega-3: presente en pescados azules, nueces y semillas de lino. Tiene efecto antiinflamatorio y neuroprotector.

No se trata de una dieta milagro, sino de entender que el intestino no es ajeno al cerebro. Cuidar lo que comes también es cuidar tu ansiedad.

El poder del vínculo: no lo hagas solo

La ansiedad aísla. Te convence de que nadie entiende lo que sientes, de que eres una carga, de que debes resolverlo solo. Pero el sistema nervioso se regula, ante todo, en conexión con otros.

  • Hablar con alguien de confianza, sin filtros, sin necesidad de consejo. Solo ser escuchado.
  • Grupos de ayuda mutua: compartir con personas que están pasando por lo mismo normaliza y alivia.
  • Terapia individual: un buen profesional no te va a juzgar ni a etiquetar. Te va a acompañar a descifrar el mensaje de tu cuerpo.

La vulnerabilidad compartida no es debilidad: es biología. Los mamíferos nos calmamos en presencia de otro mamífero calmado. Busca a alguien que te sostenga sin intentar arreglarte.

Ansiedad y depresión: dos caras de la misma moneda

Es frecuente que la ansiedad crónica, si no se aborda, derive en depresión. Al principio el cuerpo está hiperactivado, en alerta. Pero el desgaste sostenido lleva al apagamiento.

La ansiedad es el motor que no se apaga. La depresión es el motor que ya no tiene gasolina.

Cuando el cuerpo no puede mantener el ritmo de lucha-huida, entra en una fase de inhibición. El cansancio extremo se convierte en aplanamiento emocional, la irritabilidad en tristeza, la hipervigilancia en apatía.

Si te sientes identificado con esto, no pienses que has fracasado. Es una evolución natural del mismo proceso. Y el abordaje debe ser también corporal: salir del modo parálisis requiere primero recuperar la sensación de seguridad y luego reactivar el movimiento y el deseo.

El falso mito del «control»

Una de las creencias más dañinas sobre la ansiedad es que deberías poder controlarla. «Tranquilízate», «relájate», «no pienses en eso» son órdenes imposibles de cumplir para un sistema nervioso desbordado.

La ansiedad no se controla, se regula.

Controlar implica fuerza de voluntad, dominar, someter. Regular implica escuchar, ajustar, acompañar. Cuando intentas controlar la ansiedad con pensamientos positivos o con autoexigencias, el cuerpo interpreta que el peligro sigue ahí y se activa más.

Regular, en cambio, es decir: «vale, ahora estoy temblando, mi corazón va rápido, mi estómago está cerrado. Es mi cuerpo respondiendo a una amenaza percibida. No me gusta, pero no soy mi síntoma. Puedo acompañar esta sensación hasta que pase».

Ese cambio de actitud, de la lucha a la aceptación activa, es el que realmente permite al sistema nervioso comenzar a bajar la guardia.

El papel del terapeuta integrativo: cuando el cuerpo necesita un traductor

A veces, por más que leas, respires o camines, los síntomas persisten. No porque lo estés haciendo mal, sino porque hay información atrapada en el cuerpo que no puede liberarse sola.

Ahí es donde entra un profesional con mirada integrativa. Alguien que no separa la mente del cuerpo, que comprende que una contractura puede ser una emoción petrificada y que una crisis de pánico es un sistema de alarma que no encuentra su botón de apagado.

Los enfoques integrativos trabajan en varios niveles:

  • Manual: liberación de fascia, masaje miofascial, osteopatía visceral o craneosacral. El tejido conectivo guarda memoria tensional.
  • Emocional: acompañamiento para nombrar lo que duele, validar lo que se sintió y no se pudo expresar.
  • Educativo: entender por qué el cuerpo reacciona así, quitar el miedo al síntoma.
  • Hábitos: reestructuración del día a día para incluir pausas, alimentación, movimiento y descanso.

No se trata de magia, sino de dar al cuerpo la experiencia que necesita para recordar cómo se siente la calma.

Conclusión: el cuerpo no es tu enemigo

Llevas tiempo peleándote con él. Le pides que aguante, que no duela, que no falle. Te enfadas cuando te tiemblan las manos, cuando se te cierra el estómago, cuando el corazón se acelera sin motivo.

Pero tu cuerpo no está fallando. Tu cuerpo está funcionando exactamente como debería: está respondiendo a un entorno que percibe como amenazante.

El problema no es tu cuerpo. El problema es que el entorno laboral, familiar, social, interno sigue enviando señales de alarma.

Tú no eres un diagnóstico. No eres «el paciente de la ansiedad». Eres una persona con un sistema nervioso que ha estado trabajando sin descanso para protegerte. Y ahora, ese sistema necesita descanso, regulación y, sobre todo, permiso para soltar.

No esperes a que el grito sea insoportable. Empieza hoy. Con una respiración. Con un paseo lento. Con decir «no» a algo que siempre dices «sí». Con permitirte sentir sin juzgarte. Con buscar ayuda si sientes que no puedes solo.

Tu cuerpo no te grita para hacerte daño. Te grita porque llevas demasiado tiempo sin escucharlo.

Y escucharlo no es rendirse. Es empezar a sanar.

Artículo basado en la evidencia clínica sobre somatización ansiosa, neurobiología del estrés crónico y enfoques cuerpo-mente. Las referencias consultadas avalan la conexión entre ansiedad sostenida y síntomas físicos como fatiga, palpitaciones, tensión muscular, alteraciones digestivas, cefalea tensional, trastornos del sueño, bruxismo, disfunción sexual y otros.