El quinto cerebro: una idea que la ciencia empieza a iluminar
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Durante mucho tiempo hemos considerado que el cerebro era el centro desde el cual se dirigía prácticamente todo lo que sucedía en nuestro organismo: el cerebro pensaba, interpretaba, recordaba, sentía y tomaba decisiones, mientras el cuerpo recibía sus órdenes y respondía. Hoy sabemos que esta concepción es insuficiente. El cuerpo no es un simple contenedor del cerebro ni un receptor pasivo de sus instrucciones, sino un complejo sistema que recibe y transmite información, se regula, se adapta y mantiene una interacción permanente y bidireccional entre sus diferentes sistemas.
Esta concepción fue la que me llevó a desarrollar en mi libro El quinto cerebro un modelo integrador del organismo. Cuando hablo de quinto cerebro no me refiero a un quinto órgano cerebral ni a una nueva estructura neuroanatómica. Utilizo el término en un sentido funcional para referirme al conjunto del organismo como una gran red integrada de información, comunicación, regulación, adaptación y memoria biológica, dentro de la cual el cerebro craneal desempeña un papel extraordinariamente complejo, pero no aislado. Diferentes líneas de investigación, algunas anteriores y otras posteriores a mi propuesta, permiten comprender cada vez mejor esta concepción.
Del cerebro al organismo
Uno de sus antecedentes más conocidos procede de la neurogastroenterología. Michael D. Gershon popularizó la expresión «segundo cerebro» para referirse al sistema nervioso entérico y a su notable capacidad para regular autónomamente buena parte de la actividad gastrointestinal. Esto no significa que el intestino piense conscientemente, sino que existen sistemas nerviosos periféricos con capacidad propia de procesamiento y regulación.
También el corazón mantiene una compleja comunicación bidireccional con el cerebro a través, entre otros mecanismos, del sistema nervioso autónomo. Autores como Annie Marquier han divulgado esta dimensión refiriéndose al corazón como otro de nuestros «cerebros». En mi libro lo denominé el tercer cerebro. De nuevo, no se trata de atribuirle las capacidades cognitivas del cerebro craneal, sino de reconocer que el organismo no funciona mediante una comunicación exclusivamente descendente desde el cerebro hacia los órganos.
Otro importante campo de investigación es el eje microbiota-intestino-cerebro. Los billones de microorganismos que habitan especialmente nuestro intestino participan en procesos metabólicos, inmunológicos y neuroquímicos y se comunican con el cerebro mediante diferentes vías, entre ellas el sistema nervioso entérico, el nervio vago, el sistema inmunitario, mecanismos endocrinos y metabolitos microbianos. Esta comunicación es bidireccional y se investigan sus relaciones con el estrés, el comportamiento, la ansiedad y el estado de ánimo. En El quinto cerebro denominé cuarto cerebro a esta dimensión microbiana, destacando que nuestro funcionamiento cerebral y psicológico no puede comprenderse completamente ignorando ese extraordinario ecosistema que forma parte de nosotros.
Una aportación especialmente importante para esta visión integradora fue la de la neurocientífica y farmacóloga Candace Pert. Sus investigaciones sobre neuropéptidos y receptores mostraron la existencia de extensas redes químicas de comunicación distribuidas por diferentes tejidos y células. Pert llegó a cuestionar la rígida separación entre mente y cuerpo y utilizó el concepto bodymind, cuerpo-mente, para expresar esta realidad integrada. El cerebro seguía siendo fundamental, pero la información dejaba de estar confinada exclusivamente en él.
Una red cuerpo-cerebro-mente
La psiconeuroinmunología proporciona otro importante fundamento científico. Los sistemas nervioso, endocrino e inmunitario, estudiados durante mucho tiempo de forma relativamente independiente, mantienen una intensa comunicación bidireccional. El cerebro puede modificar respuestas hormonales e inmunitarias y, a su vez, las señales procedentes del sistema inmunitario pueden modificar el funcionamiento cerebral, el sueño, la energía, el apetito o el estado emocional. El estrés crónico constituye un buen ejemplo: no es simplemente un estado psicológico, sino un proceso que puede implicar modificaciones neuroendocrinas, autonómicas, metabólicas e inmunológicas.
Los trabajos de Antonio Damasio han mostrado asimismo la importancia de los estados corporales en las emociones y la toma de decisiones. Su hipótesis de los marcadores somáticos plantea que determinadas señales corporales asociadas a experiencias anteriores pueden contribuir a orientar nuestras decisiones. Por tanto, no siempre ocurre primero un razonamiento al que posteriormente responde el cuerpo; la información corporal puede formar parte del propio proceso mediante el cual valoramos y decidimos.
Desde otra perspectiva, Stephen Porges, creador de la teoría polivagal, utiliza el concepto de neurocepción para explicar cómo nuestro sistema nervioso puede evaluar señales de seguridad o amenaza sin necesidad de una valoración consciente previa. En una entrevista publicada en La Vanguardia el 7 de septiembre de 2026 lo expresa afirmando que «el cuerpo decide antes que el cerebro en qué estado entramos». No significa que el cuerpo razone conscientemente, sino que nuestro estado neurofisiológico puede modificarse antes de que exista una interpretación cognitiva consciente.
¿Memoria fuera del cerebro?
En 2024, Nikolay V. Kukushkin, Thomas J. Carew y colaboradores, de la Universidad de Nueva York, publicaron una investigación especialmente sugerente. Estudiaron en células humanas no neuronales el conocido efecto del aprendizaje espaciado, según el cual determinados aprendizajes se consolidan mejor cuando los estímulos se distribuyen en el tiempo. Comprobaron que dos tipos de células humanas no neuronales mostraban respuestas moleculares diferentes según la distribución temporal de los estímulos: la estimulación espaciada producía una activación más intensa y prolongada de mecanismos relacionados con la memoria.
Esto no significa que una célula recuerde conscientemente ni que «piense» como nosotros, pero sí indica que determinadas propiedades fundamentales relacionadas con aprendizaje y memoria no parecen ser exclusivas de las neuronas ni de los circuitos cerebrales. Una experiencia anterior puede modificar la respuesta posterior de una célula; existe información del pasado que condiciona una respuesta futura. Es un hallazgo que amplía notablemente nuestra comprensión de la memoria biológica.
En realidad, la idea de que el organismo posee capacidades propias de regulación es antigua. El concepto del «médico interior», posteriormente recuperado por Steven Locke en su conocida obra, expresaba intuitivamente esta capacidad del organismo para intentar conservar o recuperar su equilibrio. Hoy conocemos mecanismos mucho más precisos mediante conceptos como homeostasis y alostasis y mediante la investigación de las interacciones nerviosas, endocrinas e inmunológicas.
También Karl Popper y el neurofisiólogo John C. Eccles abordaron en The Self and Its Brain el complejo problema de las relaciones entre cerebro, mente y conciencia. Sus planteamientos no demuestran, naturalmente, el quinto cerebro, pero forman parte de la larga búsqueda científica y filosófica destinada a comprender hasta qué punto podemos reducir la mente exclusivamente a determinados procesos cerebrales.
El quinto cerebro como concepto integrador
Llegados aquí, es importante diferenciar la evidencia científica de mi propuesta conceptual. La ciencia no reconoce actualmente una estructura denominada «quinto cerebro» y ninguna de las investigaciones mencionadas pretende demostrarla. Sin embargo, contempladas conjuntamente, muestran una convergencia significativa: el sistema nervioso entérico posee una notable autonomía; microbiota, intestino y cerebro mantienen una comunicación compleja; corazón y cerebro intercambian información; neuropéptidos y receptores forman redes distribuidas por el organismo; los sistemas nervioso, endocrino e inmunitario se regulan mutuamente; los estados corporales intervienen en procesos emocionales y decisionales; determinadas respuestas autonómicas preceden a nuestra valoración consciente, e incluso algunos mecanismos elementales relacionados con memoria y aprendizaje aparecen en células no neuronales.
El concepto de quinto cerebro intenta integrar estas realidades, no sustituirlas. Propone contemplar el organismo como una gran red de información, comunicación, regulación, adaptación y memoria que interactúa permanentemente con el cerebro y participa en nuestra experiencia mental y emocional. La ciencia necesita separar el organismo en sistemas para estudiarlo; el quinto cerebro intenta recuperar conceptualmente la unidad de aquello que metodológicamente hemos necesitado separar.
Aprender a pensar con el cuerpo
Esta concepción tiene también una consecuencia práctica. Si identificamos pensar exclusivamente con el razonamiento consciente, pensamos fundamentalmente con el cerebro. Pero pensar con el cuerpo no significa atribuir pensamiento racional a nuestros órganos o células, sino incorporar conscientemente al pensamiento la información que el organismo produce constantemente.
La interocepción, actualmente un importante campo de investigación neurocientífica, estudia precisamente la percepción de las señales procedentes del interior del organismo. Sensaciones viscerales, respiración, tensión muscular, activación, calma, dolor, bienestar o fatiga contienen información sobre nuestro estado. Escucharla no significa obedecerla ciegamente: el miedo puede aparecer sin peligro real, la ansiedad puede producir sensaciones engañosas y experiencias anteriores pueden condicionar respuestas que ya no son adaptativas. Pensar con el cuerpo consiste en percibir esas señales, comprenderlas y contrastarlas con nuestra experiencia y nuestro razonamiento consciente. No sustituye a la razón; amplía la información con la que razonamos.
Cuando desarrollé El quinto cerebro, mi intención fue precisamente ofrecer un concepto capaz de integrar conocimientos procedentes de ámbitos diferentes. Los avances sobre microbiota, psiconeuroinmunología, interocepción, regulación autonómica, comunicación molecular, participación corporal en la toma de decisiones y, más recientemente, mecanismos celulares relacionados con aprendizaje y memoria no demuestran científicamente «el quinto cerebro», pero sí aportan conocimientos que ayudan a iluminar la realidad que este concepto pretendía integrar.
La ciencia avanza mediante la especialización, pero el ser humano al que estudian la neurociencia, la inmunología, la endocrinología, la microbiología, la cardiología o la psicología es el mismo. Detrás del cerebro, el corazón, el intestino, la microbiota, el sistema inmunitario, las hormonas y los billones de células que nos constituyen existe un organismo que recibe información, se comunica, conserva las consecuencias de experiencias anteriores, se adapta y se regula como una totalidad.
Durante mucho tiempo hemos estudiado cómo el cerebro influye sobre el cuerpo. Cada vez conocemos mejor también el proceso inverso: cómo el cuerpo informa al cerebro y participa en la construcción de nuestras emociones, nuestra conducta y nuestra mente. A esta realidad integrada es a la que propuse llamar el quinto cerebro.
Bibliografía:
- Guillén Lladó, J. M. (2020). El quinto cerebro. Letrame Editorial.
- Damasio, A. R. (1994). Descartes' Error: Emotion, Reason, and the Human Brain. G. P. Putnam's Sons.
- Gershon, M. D. (1998). The Second Brain. HarperCollins.
- Locke, S. E. & Colligan, D. (1986). The Healer Within: The New Medicine of Mind and Body. E. P. Dutton.
- Marquier, A. (2010). El maestro del corazón. Luciérnaga.
- Pert, C. B. (1997). Molecules of Emotion: Why You Feel the Way You Feel. Scribner.
- Popper, K. R. & Eccles, J. C. (1977). The Self and Its Brain: An Argument for Interactionism. Springer International.
- Porges, S. W. (2011). The Polyvagal Theory. W. W. Norton & Company.
- Kukushkin, N. V., Carney, R. E., Tabassum, T. & Carew, T. J. (2024). “The massed-spaced learning effect in non-neural human cells”. Nature Communications, 15, 9635.
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Hemerografía:
- Amiguet, L. (7 de septiembre de 2026). “Stephen Porges, neurocientífico: «El cuerpo decide antes que el cerebro en qué estado entramos»”. La Contra, La Vanguardia.