Cuando la mente no puede más: del vacío existencial a la plenitud de sentido

31 Ene 2026 lectura de 5 minutos
Cuando la mente no puede más: del vacío existencial a la plenitud de sentido

Hace años no éramos tan conscientes, pero ahora queda claro que vivimos un momento histórico en el que podemos contar por millones las personas experimentan agotamiento mental, ansiedad persistente y un vacío que, aunque muchos acuden a servicios psicológicos,  trasciende lo clínico.

Parece urgente repensar cómo entendemos la mente humana y su relación con el sentido de la vida.

Por otro lado, la salud mental está siendo discutida públicamente, y sin embargo, la psicología moderna sigue luchando por responder a la pregunta más profunda: ¿qué hace que una vida merezca ser vivida?

Para el psiquiatra vienés Viktor E. Frankl (1905–1997), era el núcleo de la vida psicológica humana. Tiene mucho interés su obra clásica “El hombre en busca de sentido” (publicada inicialmente en 1946), donde Frankl explora cómo incluso en las circunstancias más desesperadas —como los campos de concentración nazis— la mente humana. Y aún en esas condiciones esa mente conserva la libertad interior de elegir una actitud y encontrar un sentido que sostenga la vida ante el vacío y el sufrimiento. 

Frankl fue pionero en afirmar que muchas de las crisis psicológicas contemporáneas —como la depresión, la ansiedad y el llamado “vacío existencial”— derivan no solo del estrés o de la biología, sino de la pérdida de significado vital.

Cabe preguntarse si no es un totun revolutum, aquello que hemos significado como “constelación de causas y efectos”, pero ciertamente aparece en sesiones.

La logoterapia, la terapia que Frankl fundó, parte de la premisa de que la motivación principal del ser humano no es el placer ni el poder, sino la búsqueda de sentido. Cuando este sentido se desvanece, la mente “no puede más”: aparece apatía, desesperanza, desorientación. 

En mi perspectiva existe un origen vinculado a la noche de los tiempos, que es la superviciencia. El ser humano encontró en la cooperación y la inteligencia el modo de hacerlo,. En todo caso este es un paso anterior, más crudo, que no resta fuerza a la búsqueda de la parte más sublimada: “el sentido de la vida”. Efectivamente, en su ausencia, desesperamos.

Desde la psicoterapia existencial, otro referente fundamental, Irvin D. Yalom profundiza este hilo. En “Existential Psychotherapy” (1980), Yalom identifica cuatro preocupaciones últimas que configuran la experiencia humana: la muerte, la libertad, el aislamiento y la ausencia de sentido vital. La angustia que experimentamos ante estas cuestiones no es una patología en sí, sino parte del peso inherente de vivir. Paralelamente, es también una invitación a examinar la propia vida con honestidad. 

Esta crisis de sentido se intensifica en nuestra sociedad contemporánea por múltiples razones. La cultura del rendimiento y la productividad, la fragmentación comunitaria y la saturación de estímulos dividen la atención y erosionan el sentido profundo del yo.

Rendir por rendir, ganar por ganar, estimularse solo por compensación, no acercan a la consciencia y a dar sentido a lo que haces. En ese caso, la mente, diseñada para fluir de manera unificada entre experiencia, significado y acción, queda atrapada en pensamientos repetitivos, juicios constantes y expectativas incesantes. La meditación señala aquí una vía transformadora: no como evasión, sino como entrenamiento de la atención que permite observar sin identificarse con el contenido mental.

Justamente esta es la parte fundamental de la meditación, que lamentablemente se ha publicitado con relajaciones guiadas y habladas que no desarrollan la atención y el desaferramiento del objeto mental (contenido mental)

Desde la tradición contemplativa budista se nos enseña que la mente no es algo a “controlar” sino a conocer  (“conocimiento de la mente”) , y que a través de la observación es un terreno donde el sentido puede clarificarse desde la experiencia directa, no desde el relato discursivo. Esta visión complementa profundamente a Frankl y Yalom: el sentido no es un concepto a alcanzar, sino una vivencia a cultivar.

Del mismo modo, en prácticas energéticas como el Reiki tradicional japonés, el enfoque no está en analizar la mente, sino en armonizar la experiencia viva del cuerpo-mente-energía exterior, facilitando que los bloqueos psíquicos y existenciales se transformen en apertura y claridad. Estas prácticas ofrecen una dimensión experiencial que articula psicología y espiritualidad sin divorciar una de la otra.

Nutrirse y equilibrar el intercambio energético es la base del “Ki”, o del “Ello” freudiano, la fortaleza que subyace antes del objeto mental, que además interviene en todo el escenario.

Investigar algo así ya dota por sí mismo toda una vida de “sentido”.

Por concluir, cuando “la mente no puede más”, no estamos ante un síntoma a suprimir, sino ante la llamada a encontrar un sentido que sostenga la vida, una presencia interior que permita integrar sufrimiento y plenitud, finitud y libertad.

En ese umbral, la psicología moderna y las tradiciones contemplativas no son rivales, sino compañeras de ruta. Algunos le han llamado la vía negativa, y es frecuente. Como dijo un gran compañero de camino “no es tan importante el número de crisis que uno tenga, sino el modo en que uno las resuelve”.